Universo mental

«La soledad era fría, es cierto, pero también era tranquila, maravillosamente tranquila y grande, como el tranquilo espacio frío en el que se mueven las estrellas.» H. Hesse

Adiós, «Universo Mental»

«Pero yo ya no soy yo
ni mi casa es ya mi casa.»
García Lorca

Cuando abrí este espacio hace más o menos seis años, no me imaginaba lo inmenso que llegaría ser mi impulso por transmutar la vida en palabras, en símbolos. En aquel entonces yo era un muchacho atormentado y tímido que no sabía nada de lo que quería, perdiéndose en el placer de perder el tiempo. Porque en la dulzura de aquel eterno presente, podía darme el lujo de desperdiciar las horas que quisiera. Así fue como llegué a muchas ramas del arte; mi primer amor en la vida fue siempre la música, y siempre me sentiré frustrado por no poder realizarla como merece. Sin embargo, llegaron las letras, que mucho antes habían tenido un papel más secundario. No fue hasta mis primeras lecturas de Dostoievski que ese mundo me tocó y me jaló de los pies hacia la profundidad de sus aguas. Quedé conmocionado ante esto tan profundo y sensible que se me presentaba. Esa capacidad de crear mundos, realidades, personajes y sentimientos. Algo que no había experimentado hasta que lo leí a él.

Fue en ese momento cuando decidí tomarme más en ‘serio’ la literatura y empecé a escribir. Los primeros relatos estaban ambientados en la antigüedad, eran fantásticos y pomposos. Reduntantes a más no poder por los límites de mi vocabulario y conocimiento. Así fue como empecé a querer capturar emociones fuertísimas que me invadían. Las más comunes para cualquier adolescente: el amor, la soledad, el tiempo, la muerte, incluso. Todos estos textos los guardo con aprecio pero me avergüenzan muchísimo.

Mucho de la buena ejecución en cualquier disciplina artística en la que uno quiera desarrollarse recae en la constancia, el aprendizaje y la disciplina. Facultades de las que aún carezco en algunos de mis peores momentos, pero que he ido mejorando con los años. Es por eso que he decidido despedirme de un blog en el que ya no me reconozco en la mayoría de palabras. Quiero olvidarme de lo que he escrito aquí para poder seguir adelante. Vivir memorizando cada cosa que dije sería una tortura. Aún así, el espacio seguirá abierto y podrá ser leído libremente. Estos textos quedarán aquí y se irán flotando entre las pilas de basura que se acumulan en internet. Y ojalá se pierdan.

Pero no podía evitarme la cursilería, especialmente porque un espacio como este me permitió conectar con increíbles personas que me leyeron, que escriben mucho mejor que yo, que estuvieron pendientes, e incluso, que me invitaron a que publicara. Este espacio, en paralelo con Twitter (vicio desgraciado), siempre significarán mucho para mí. Se vienen muchas nuevas cosas y proyectos personales. Estoy repleto de ideas y quisiera explotarlas como merecen. No puedo seguir pretendiendo que «Universo Mental» sigue siendo un espacio serio que me llevará a alguna parte si yo ya no me siento en casa.

Oficialmente el último texto de «Universo Mental» se titula 6.39 y lo llamé así porque esa fue la hora en la que terminé de editarlo. Sintiendo una especie de catarsis por liberarme de aquella faceta totalmente, confrontando un nuevo rostro desnudo y radiante que no encaja con ninguna palabra encontrada aquí. Sacudiendo, de alguna manera, las últimas cadenas que me faltaban por romper.

En fin, esto sólo quiere decir que sigo avanzando. Y a mi parecer no queda de otra que seguir, y seguir, y seguir, y seguir, y seguir, y seguir…

Fue muy lindo compartir esta isla con ustedes, pero llegó la hora de navegar hacia aguas turbulentas y misteriosas. A ver qué depara este camino tan extraño de la vida y las letras. Seguiré siendo una antología de fracasos, probablemente, pero al menos quiero seguir acercándome a la claridad de la voz que me habita.

 

 

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6.39

¿Qué significa la destrucción?

Esa era la pregunta que siempre me rompía. Esa que urgaba profundamente en mis heridas con sus dedos mugrientos. Buscando inquietos, necios; retorciéndose como gusanos de fuego dentro de mi carne. Y sólo quedaba ver los días sucumbir desde mi ventana, dejando caer trozos enormes de posibilidades y de causas sobre un mar congelado.

¿Qué significa la destrucción?

Estoy tan acostumbrado a ella que ya no puedo definirla. En especial cuando se acerca con sus ojos de ciervo inocente, escondiendo los excesos y el dolor bajo una trampa de días sucios que se acortan o se alargan. Y es que el tiempo es una membrana sensible al dolor que se abre para dejar salir un líquido transparente que nos revuelve los ojos. De repente es mañana, o tarde, o madrugada triste en un cuarto oscuro. Así funcionan el dolor y el tiempo, pues al sumarlos, restarlos, multiplicarlos y dividirlos, el resultado siempre será miseria.

¿Qué significa la destrucción?

Quizás, sólo quizás, no estoy formulando bien la pregunta. Podría cambiar el verbo, y así encontraría una respuesta más específica. Siento que si sigo en el campo de buscar un ‘significado’ no llegaré a ninguna parte, así que seguiré experimentando.

¿Para qué sirve la destrucción?

Podría ser parte del ciclo natural de las cosas. O bueno, eso me habían dicho aquellos jípis sucios del parque. Que todos éramos uno, que por uno debían sufrir todos y que, obviamente, la muerte era sólo un reinicio, un borrón y cuenta nueva. Que probablemete se olvidaría todo de nosotros: nuestra voz, nuestra piel, nuestras memorias, etcétera (un soberano y doloroso etcétera). Pero que nuestras conciencias migrarían a otra cárcel sin recordar su antiguo hogar. Obviamente, en ese momento me reí en sus caras. Yo nunca me voy a morir, decía. Mis recuerdos se erigirán como estatuas de mármol sobre la inmensa noche, decía. Y por dentro me cagaba de miedo. Por dentro yo quería creerles, y así lo hice.

Fue entonces cuando entendí. La destrucción no era el final, la destrucción no era algo malo ni nada que tuviese que ver con la ética. Visualicé todo lo previo a la luz, el sonido y la palabra. Visualicé la sombra de esa nada tan acogedora y caliente como un carbón gigantesco. Y entonces, la violencia, la explosión entre dos estrellas que chocaron por pura casualidad. Los planetas en formación y sus satélites chocando contra la superficie, fundiéndose a temperaturas de millones de grados. Imaginé el magma que chisporroteaba al borde de aquellas calderas esféricas. Vi el rojo de la destrucción y cómo se expandía, cómo era un preludio para la formación de algo más bello. Cómo precedía aquella sinfonía hastiante que tanto amaba. La vida.
Entendí entonces aquella necesidad de lanzarse al vacío por el otro, de arriesgarlo todo, de cruzar desiertos y confiar como un estúpido. Porque en el fondo todo amante sabe que es inútil, terriblemente inútil. Entendí todo eso en una fracción (de fracción) de segundo. Comprendí entonces que la destrucción no significa.

La destrucción constituye.

niebla

tus manos abundantes de rocío,
el tiempo escurriéndose sobre la piel,
los ciclos mezclándose con nuestra saliva;
tu hermosa verga mojada,
y las nubes transpirando nostalgia
sobre praderas amplias y tostadas
que se desnudan sin pena
en el atardecer.

somos una pequeña isla iridiscente,

vos y yo

una dicotomía de ternura que se expande
y enriquece con cada palabra.

y la noche…

la noche inmensa
que con sus dedos infinitos
recorre nuestra espalda

noche miserable
noche sin fondo
noche expectante
noche seductora
noche sin estrellas
noche noche

noche que empuja
hacia la orilla
de una playa desierta,
donde pequeñas tortugas
caminan sin miedo hacia el mar.

desperdicio

«Al arruinar tu vida en esta parte de la tierra,
la has destrozado en todo el universo»

Constantino Cavafis

hay una canción que suena
cada vez que me dan ganas de llorar

una canción triste
una canción que me hace hundir los pies en la tierra
y aferrarme como si el cielo fuera a tragarme

una canción que hace eco
en lo más profundo de mi cabeza
en los acantilados más antiguos
que tienen marcadas las caricias
de un océano extinto

es la melodía de un sueño perdido,

de las oportunidades desechas
por mis propias manos,
de la timidez aplastante,
que me corta caminos

de lo que no me atreví a vivir

y que me perseguirá
y que dejará de sonar
cuando mis ojos se cierren
y el río de los días me haya llevado.

choque

Se habían acabado las cervezas y la mota. Abrió los ojos y no quería saber la hora, aunque ese fuese el primer impulso que le vino a la mente. Según su reloj: las 4 de la mañana. Apenas podía ver su entorno. Estaba recostado en el sofá y habían cenizas, charcos y bolos regados por todos lados. Trató de levantarse y para su sorpresa, tenía un dominio considerable de sus movimientos. Buscó en sus bolsillos por su celular y ahí estaba. Buscó su billetera y sus llaves de la casa, y ahí estaban. Buscó las llaves del carro…
¿Y si se iba?
¿Y si manejaba para su casa?
¿Y si manejaba no sólo para su casa, sino a un lugar lejos, tan lejos como le fuera posible y así nunca regresar?
¿Y si dejaba de fumar y tomar y dejar de desperdiciar su vida así?
Se rió irónicamente de sus propios pensamientos. «Todavía estoy a verga», pensó.

Sólo aquello podía explicar que se pusiera a pensar aquellas muladas. Se acordó de su hermano. Se acordó de la forma tan estúpida en la que murió. Sintió una ligera y conocida presión en el pecho.

«¿Maco?», interrumpió una voz femenina y destruida.

Era Julia, estaba recostada sobre el piso, con el pelo desparramado y sucio. No podía levantarse y apenas si pudo articular palabras.

«¿Ya te vas?», alcanzó a decir.
«Sí, ya me voy. Tengo que trabajar mañana», mintió él.

Sólo obtuvo por respuesta un quejido infantil que se desvaneció. Marcos subió al segundo piso y agarró una colcha del cuarto de ella. Bajó despacio sin hacer bulla y se la dejó puesta encima. Se quedó un rato intentando distinguir cada uno de los rasgos de su rostro en la oscuridad y no pudo. Sólo suspiró y decidió apurarse.

Se subió a su carro, lo encendió y notó cómo la demás gente se levantaba para ir a trabajar. Se sintió mal otra vez. Recostó su cabeza sobre el timón y cerró los ojos. Sintió que las lágrimas querían salir, que la presión se le iba ensanchando dentro del pecho y que no podría contenerse por más tiempo. Pero lo logró, de alguna manera; sólo encendió el carro y se tragó todas las espinas del mundo y siguió con su plan.

Manejó rápidamente hasta carretera y bajó los vidrios del carro para sentir el aire todavía intenso de la madrugada. Sintió incluso como si el cielo azul y triste de la mañana, (ese preludio de las miles de tragedias normales) pasara en medio de sus dedos. Como si se le enredara en el pelo con el viento. Luego se acordó que había mentido, y la presión regresó todavía más fuerte. Sintió que quería vomitar.
Recordó que él ni siquiera había querido llegar a la fiesta en primer lugar, porque sabía que terminaría así. Sabía que terminaría odiándose al despertar, al terminar todos los chistes estúpidos y de haber vomitado. Y aquella noche, principalmente, se había sentido tan mal como no le había pasado hace meses.

¿Qué más le esperaba en esos años?
Se sentía ridículo frente a su propia tristeza sin un origen aparente. Porque tener veintitantos es, básicamente, una segunda adolescencia. Un sentimiento de perdición permanente, una espina que no termina de incrustarse. Y habían sólo dos posibilidades: o todo se pone más pura mierda, o las cosas mejoran. Y para él, lamentablemente, todo había empeorado. Y no entendía nada. Y se suponía que no entendiera nada pero aún así le dolía. Y miraba a sus amigos con hijos, o que sabían muy bien que tenían todo bajo control. Aunque en el fondo, la mayoría sabía que aquello era una ilusión. Detestaba este tipo de personas. Detestaba su hipocresía existencial. Llegó a la conclusión de que la mayoría sabía fingir perfectamente el saber qué putas pasaba, y que eso significaba ser adulto.

Sin darse cuenta, sus párpados lo vencían cuando fue saliendo de la ciudad y el tráfico leve. Decidió poner música pesada para despertarse. Por suerte aún tenía los cd’s que había quemado de puberto. Ni siquiera eso sirvió, y entonces, pensó en su hermano.

Y hasta lo vio. Vio a sus papás llorando en la sala, la madrugada que les avisaron que había muerto. Vio a la novia de su hermano en el funeral llorando como loca mientras los demás comían pan con pollo y tomaban café.

Él no podía llorar y eso era todavía más terrible. Se sintió asqueado de sí mismo y de su sensibilidad.

Se acordó de todo lo que le había enseñado, de la música que le había mostrado, las fabulosas películas porno que encontró en su cajón de dvd’s pirata, de cuando lo encontró pajeándose en su cuarto y le tiró una almohada en la cara. Se acordó de todo lo que decía de sus papás y de cómo un día por fin se iría a la verga y sería feliz.
El carro se fue desviando fantasmagóricamente por la carretera como una sombra sin rumbo. Cada vez más lejos del centro. Cada vez más cerca de un barranco que no tenía ningún muro de contención ni mucha protección.

El estruendo no fue escuchado por nadie, ni siquiera por él porque el golpe lo dejó inconsciente. Fue como si se quemara todo en silencio, como si todas las palabras que había escuchado y todas las imágenes, los recuerdos, las lágrimas, las risas se derrumbaran y nadie estuviera para presenciar el espectáculo. Ni siquiera él. Y todo lo que lo había constituido de repente pendiera de un hilo en la fragilidad absurda de la vida. Una liberación total que no pudo experimentar, trágicamente. Casi la muerte, pero no.

Un poste de luz viejo fue la única razón por la que aquella mañana no murió aplastado entre una tonelada de chatarra despedazada.

El carro quedó atravesado casi hasta la mitad del capó por el poste, que, por algún motivo, no cayó encima del carro, aplastándolo. Sino que se destrozó sobre la carretera, unos cuantos centímetros alejado del carro. Después pensaron que seguro fue el viento. O un milagro no merecido.

Y el tráfico de la mañana empezaba a avanzar y la gente se quejaba como siempre.

Todos sintonizaban la radio, buscaban en qué desprenderse del tedio y encontraron una perfecta conversación para matar el tiempo por la mañana:

«Otro bolo cerote que se accidenta de madrugada por ir manejando.», «Y no se murió el infeliz.», «Qué suerte tienen los que no aprecian la vida.»

Eso decían.

días

días aburridos
días donde se caen todos mis ídolos como la arena
días que son vacío, relleno
días donde escarbo cada rincón de mi cuarto
para encontrar una memoria e irme en ella.

la nostalgia es una droga poderosa (y nadie te advierte, pero todos la usan)

tengo un ojo torcido viendo hacia el pasado
un ojo que todavía cree que en algún parpadeo me quedaré navegando en la eternidad como una estrella fugaz sin rumbo

todavía creo que un poema me partirá en dos desde adentro
y seré un reguero de flores amarillas sobre la gran tumba
que es el mundo.

Pedazos

La fuerza de lo que no se dijo a veces nos lleva a lugares donde nunca deberíamos regresar. Las palabras son como el tiempo: tienen un momento específico, único e irrepetible. Y si no brotan ahí, jamás volverán a servir de la misma manera. Por eso las disculpas y las confesiones sentimentales con diez años de atraso se sienten más como flores sobre una tumba.

Esto lo entendí con Marta, que hace un par de días me contaron que la encontraron por pedazos repartidos por todo el barrio. Cuando lo escuché no pude evitar vomitar, luego llorar, y luego lloré vomitando. Eran días extraños donde me la pasaba consumido en la rutina. Pero uno tiene lugares sagrados en la memoria. Lugares de devoción a los que siempre volvemos, con una candela encendida entre las manos, con una expresión de tranquilidad en el rostro. Eso era ella para mí. Habían tardes calurosas cuando la iba a recoger a su colegio camino a mi casa donde un morbo prematuro y una ternura me envolvían al verla sentada junto a mí, frente a la tienda, comiendo helado con nuestras piernas juntas, bien juntas pero sin tocarse. Y entonces la veía a los ojos y supe de que aquella erupción dentro de mi pecho adolescente era lo que los adultos añoraban y de lo que tanto hablaban con nostalgia. Lo que ya no lograban sentir.
Pero entonces mi boca era cobarde y no se lo dije, y nunca se lo dije.
Y nuestros caminos se bifurcaron.
Y ya no la volví a ver desde que se mudó.
Yo tuve un poco más de suerte, pero ella siempre buscó la vida emocionante después que mataron a su papá. Fue así como nos desarrollamos; ella en los excesos, y yo, siempre al márgen.
Y ese «te amo» que nunca dije me persiguió hasta la mañana en que me contaron que su novio loco, el que vendía droga, la había descuartizado. Y pensé, «ahora para qué», si esas palabras quedaron esparcidas como arena en el viento.
Ya no podía reunir todos los pedazos de ese amor, ni de ella.

Y entonces me aterra el pensar la posibilidad de que tal vez, habiendo sido un poco más valiente, no sólo la habría besado como tanto deseaba hace tantos años, sino que también se habría salvado de aquel destino. Aunque yo fuera después el descuartizado, no importaría.

Aquello es todavía preferible a crecer atravesado por palabras nunca dichas.